Lo de siempre

Aquella mañana me desperté con la vaga sensación de no ser yo mismo, de no ser enteramente yo, sino un algo diferente que me resultaba del todo ajeno. Me encontraba acostado sobre una amplia cama de cuyas sábanas se desprendían un tenue olor a rosas, y sacudido por un nerviosismo repentino, me incorporé y observé mi alrededor. Aquello que contemplaba no era mi habitación, era una estancia perteneciente a otra era, a otra época. Me miré las manos, tan cuidadas, y me acerqué al espejo de pared que reposaba frente a mí. El corazón me dio un vuelco al contemplar que ya no era el niño de 10 años de siempre, sino una bella mujer que rozaba los veinte...
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